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Imagen: “Burning witches alive was common in Germany and other parts of Europe, but in Scotland the convicted were usually strangled before their bodies were burned.”

Por: Krystell Ramos

¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Cuándo estoy?

Las preguntas retumban en mi cabeza.

La voz en mi interior me es ajena.

Conversamos.

Un huésped transitorio habita mi cuerpo.

Me da un mensaje.

Al despertar escucho el cantar de los pájaros. Me levanto aún soñolienta y abro las cortinas. Los colibríes se acercan a beber del jarabe que dejo en el repisón de mi ventana. Su veloz y ruidoso aleteo siempre me hace voltear. Sonrío. El sol aún está cubierto por las nubes.

La monotonía empieza desde las 7:00 horas. Prendo la computadora y voy al baño para refrescar mi rostro. Regreso a la recámara, me siento en la cama y coloco la mesa plegable con la computadora sobre mis piernas. Espero a que el internet logre conectarse y comienzo con la revisión de correos electrónicos. Pasan algunos minutos, el cielo se despeja y el sol entra alumbrando las cobijas y la punta de mis pies. La rutina sigue su curso.

Mientras tanto, mi mente corre. Nunca dejo de razonar, reflexionar e imaginar. Palabras e imágenes suelen danzar. Mi cerebro siempre está activo y ansioso, aunque en el exterior me muestre serena. Estoy concentrada. Mis manos se mueven con rapidez sobre el teclado, mis ojos van de un lado a otro sin despegarse de la pantalla, mi respiración está controlada, mi pulso es regular. La inercia avanza naturalmente.

Percibo un vacío entre mis pensamientos. Un espacio en blanco entre las imágenes mentales es poco usual. Comienzo a preguntarme quién soy. Al principio no comprendo de dónde vienen las interrogantes. Veo mis manos y lo que me rodea. Siento extrañeza e incomodidad.

Más que atrapada en mi apartamento, estoy aprisionada dentro de mi mente en recuerdos borrosos de una vida lejana. Estoy inmóvil en el cuerpo de una joven de 25 años, en una era confusa en la que la tecnología es fundamental para la supervivencia. Me encuentro en México, entre cuatro paredes, en medio de una pandemia.

Me quedo observando la pared blanca que tengo enfrente. El tiempo se congela y empiezo a recordar.

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Imagen de unityfan en Pixabay

He tenido una vida durante el siglo XV y está a punto de terminar a principios del año 1600, en Alemania. Me hallo en una recámara amplia, tapiz rojo, cortinas blancas con transparencias y encajes. Miro hacia mis pies, no uso calzado. Subo un poco más la mirada y veo que traigo puesta una bata o vestido antiguo de color blanco.

Investigo más mi entorno. Al lado del tocador hay un espejo y observo el reflejo centrándome en los ojos de una mujer que me parece familiar. Pelirroja y esbelta, ojos esmeralda de mirada penetrante. Parece que tiene entre 20 y 25 años. Me reconozco. Soy una mujer poderosa pero algo me aterra. – Ya vienen – me dice una mujer que se mira como mi cómplice. Me quito el collar que llevo puesto y lo meto en una caja de madera. El collar tiene una amatista en el centro, algo esconde. Le pido a Genevieve que entierre la caja. Ella se despide. Ambas sabemos que no nos volveremos a ver, no en este plano. Sale casi corriendo y con lágrimas.

Disfruto por última vez la vista, un jardín lleno de flores. Siempre amé y le rendí tributo a la naturaleza. Unos hombres llegan, intentan llevarme por la fuerza. La ira me invade e intento defenderme. Aún queda magia en mi ser, grito y lloro con gran fuerza. Las ventanas se abren, entra un ventarrón. Toda mi energía se concentra, ya no cabe en mi cuerpo. Los ventanales se quiebran y salen disparados. Miro a los hombres aturdidos por el dolor. Sangre empieza a escurrir de mis cuencas oculares y fosas nasales. Lo último que recuerdo es el fuego que consumía mi último aliento.

Sentí un gran vacío, salí del trance y volví al 2020. – Hoy hay luna llena, hoy es día de eclipse – me dije – Se acerca el día. –

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Imagen de code404 en Pixabay

 

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