Texto e ilustraciones by Karen Figueroa

Me había convencido de que la soltería era el mayor privilegio de un adulto joven, para alguien cuyas metas profesionales están por encima de todo, perderme por una sonrisa me parecía algo muy absurdo que solo las mentes débiles se permitían tener. Despertarme un domingo por la mañana con un mensaje de un nuevo groupie “soy el chico que conociste ayer en el bar” era ya mi misa dominical.

Ocho años de relaciones absurdas, todas ellas terminadas por mí.

¿Desamor? Claro, aquella ilusión adolescente de un chico que parecía sacado de otro planeta que nunca me hizo caso, él bebía, pintaba y creaba música extraña mientras que yo solo era la chica con mejor promedio de mi clase. Ahora ocho años después lo veo con una carrera inconclusa vendiendo tachas en algún antro gay de esta ciudad. No, quizá no tiene nada de malo pero estoy segura que la chica de hoy no se fijaría en un chico como él.

Sin embargo y como todo pasó lo vi hablar de algo que no entendía, fue eso o su sonrisa lo que se clavó en mis ojos como dos putos cuchillos y entonces no me dejaron ver a nadie más. En ese momento recordé a mi yo adolescente que pasó días, meses, e incluso años buscándolo, y de pronto él estaba ahí.

Un día dejé mi misa dominical por besayunos diarios, despertarlo con besitos cursis en la mañana se había vuelto mi rutina favorita, carente de aburrimiento y monotonía. Dejé de escribir, comenzaba escribiendo de un libro sobre robots y terminaba escribiéndole cuanto lo amaba, escribía sobre arquitectura y terminaba con una lista de todos los lugares que quería visitar con él, empezaba escribiendo todos los reproches y terminaba perdonándolo.

Luego de un enojo absurdo y con un “terminamos” de mi parte, ahora y a la mala entendí que esas palabras no se dicen nunca, aunque estés enojado, aunque en el momento pienses que es lo mejor, hasta ahora y a pesar de todo me hubiera gustado detenerme y pensarlo dos veces antes de escupir la peor pendejada que ha salido de mi boca.

En ese instante supe que mi vida no sería la misma, siempre habría un hueco en mí que nadie podría llenar, y a los dos segundos ya estaba arrepentida recitando desesperadamente palabras como “vamos a intentarlo de nuevo”, “piénsalo”, “no te vayas…”. Palabras innombrables sin efecto alguno, él sin más se llevó su chamarra, su bocina, lo tuppers donde me llevaba de comer y una parte de mi vida.

Pasé muchas etapas, la primera llena de culpa, pensaba en todas las cosas que había hecho mal, rogué al cielo por una máquina del tiempo para hacerlo todo mejor, poner más atención a los detalles y sobre todo para pensar más en él y menos en mí.

Lo que pasa cuando es tan repentino es que no entiendes qué fue lo que pasó cuando en tu mente aún puedes verte sentada compartiendo la cena, o acostados hablando de lo mucho que se aman. Comienzan momentos de incertidumbre y tu cabeza se crea escenarios sin fundamento. Lo peor de estos escenarios es que te lastiman y comienzas a odiar a otra persona por cosas que nunca hizo.

En esos momentos de ira-ansiedad recordé a ese chico que lograba matarlo de celos, bastó una llamada para tener una foto con él en un antro, ebrios, abrazándolo y conmigo dándole un beso en la mejilla, justo antes de pulsar “publicar”, mi dedo, mi cuerpo, y mi cerebro se detuvieron, de esa forma no podría hacerle sentir como yo me sentía y ya me habían roto tanto el corazón que no podía imaginar hacerle lo mismo a alguien más.

Parte de lo que hace difícil “superar” es lo que apuestas por una relación… mi familia, mi trabajo, mis amigos, la primera vez que hice a alguien parte de mi vida. Lo anterior ocasionó que todo el mundo preguntará por él y los interminables “Ya supéralo”, ¡Wey, no se me había ocurrido, gracias por el consejo¡

Después de esto no supe si lo odiaba, lo amaba, lo odiaba, lo amaba, me levantaba y chocaba con la pared porque claro, tuve que mover todas las cosas de mi habitación porque cada maldito vestido y cada maldito rincón tenían recuerdos de él.

Unos días pensaba, “es lo mejor, se lo voy a agradecer” y me levantaba con toda la actitud de comerme el mundo, actitud que se venía abajo dos horas después cuando tenía que hacerme el desayuno por mi cuenta y la cocina, la sala, la ducha, todo estaba vacío.

Hubiese querido quedarme a vivir en tus sueños, disfrutar contigo el cielo, acompañarte en todas tus pesadillas, hacer de nuestro amor un sueño infinito.
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Otros días era aún más difícil levantarme de la cama pensando en cómo sobreviviría, reclamándole mil veces en mi mente ¿Cómo vas a dejar que muera nuestro amor?, ¿Cómo no te importó el hecho de que yo no pueda respirar sin ti?, ¿Y todos las veces que me dijiste “quiero estar contigo” eran mentira?

Al final siempre recordaba nuestros momentos felices y solo podía pensar en que no quería que se acabaran nunca y esto me llevó a enviar una serie infinita de mensajes llenos de súplicas para que regresara conmigo, las respuestas a veces con esperanzas falsas disfrazadas de un “no sé”, a veces con un “en serio no, ve y sigue con tu vida”, a veces con un “visto”.

Con su partida todo en mi vida comenzó a desmoronarse, surgieron una serie de sucesos que sólo hacían que me preguntara una cosa: ¿Cómo se sobrevive a tanto dolor? ¿Cómo lo soporto?

Me pregunto en qué momento debí parar, no debí preocupar a mi hermana mayor con todas esas llamadas llenas de llanto, tal vez fue cuando mi personal me vio llorar o salir con los ojos rojos de algún rincón, o quizá debí parar cuando en mis vacaciones y justo en año nuevo estaba encerrada en la habitación del hotel escribiéndole, porque sí, le escribí cientos de cartas de “despedida” y ahí me di cuenta que ese tipo de cartas no sirven para nada.

Honestamente no creo que las cosas puedan terminar porque si todo esto que siento terminara no sería amor.

Un día justo después de terminar nuestra última llamada con un “te voy a esperar toda mi vida hasta que decidas regresar, porque entre todas las posibles vidas que puedo tener, quiero una en donde estés conmigo” me di cuenta de que mi mayor pesadilla se había hecho realidad. No sé cómo describirlo sin sonar a cliché, lo único que me viene a la mente es decir que él hacía una referencia a “Back to Black”1 . Y ante eso no podía hacer nada, yo no podría ofrecerle lo que ella, y no digo que sea mejor, en realidad no me interesa su talla de brassiere o su peso, si lee a Camus o a Cohelo, solo sé que ellos tenían algo, una especie de “amor chiquito” y de dos años, quien merece una familia, sé que gracias a mi dolor él estará mejor, nunca pensé decirle a alguien tan pequeño “sobreviví por ti”.

Lo que más jode de un engaño es que una mentira pone en duda todas las verdades y mi única pregunta es ¿En qué momento pasó? Solo para tratar de entender qué fue mentira y que fue verdad. Ahora lo sé, alguien que te miente y te lastima de esa forma no te quiere, nunca te quiso.

Pero bueno, toda esta historia es jodidamente triste y yo no puedo ir por el mundo, contando eso a la gente, así que si me preguntas por qué terminamos diré lo siguiente:

Por una apuesta

Un día a punto de comprar leche y decidiendo entre ir a la tiendita de la esquina y a la tienda de conveniencia entramos en contradicción, el juraba que en la tienda de conveniencia era más cara y yo juraba que en la tiendita de la esquina costaba mucho más. Me encantan las apuestas y por ello le propuse lo siguiente:
“Si tu ganas dejo que me hagas sexo anal, pero si yo gano dejas que yo te lo haga a ti”. El comenzó a dudar, me dijo “si ganas perderé mi hombría” mientras que por otro lado no dejaba de pensar en el premio que le esperaría si ganaba.

Quién ganó y todo lo demás lo dejo a la imaginación y si me preguntan por qué no quiero volverle a ver, diré que es porque el muy puto me canceló la cuenta de Netflix…

 

  1. Back to black. Canción de Soul interpretada por la cantante británica  Amy Winehouse.